18 septiembre 2008

algo de ficción... o no.

El sol recorre la calurosa Buenos Aires. Es verano y la temperatura es superior a los 30 grados Celsius. Salí temprano del hotel porque quería conocer un poco más de esta ciudad que me tiene como huésped por las próximas 48 horas. No es mediodía aún, la gente apenas comienza a ir a trabajar, algunos más temprano que otros. Los hombres en camisa se apresuran a sus oficinas. Los porteños viajan al trabajo en tren, colectivo o subte. Quienes no han llegado a desayunar en sus casas lo harán en el medio de transporte y lo utilizarán a éste como cesto de basura. Envoltorios de barras de cereal, alfajores, botellas vacías y no tanto, papel de cigarrillos, cigarrillos apagados o no en andenes dónde está prohibido fumar, e infinidad de boletos inundan el paisaje. Los carteles rotos, despegados o ultrajados con algún graffiti no indican correctamente el camino a seguir. Alguna señora proferirá un “estos negros de mierda que ensucian todo” y luego tomará entre sus dedos un boleto usado, lo doblará simétricamente hasta formar una punta afilada, lo pasará por entre sus dientes amarillentos a modo de hilo dental para luego arrojarlo… al piso. La miro con cara de desagrada y su mirada me penetra en los ojos, cual gitana impartiendo una maldición. La cabeza me comienza a doler y el calor dentro de la estación de subte es tan agobiante que me marea. Las mujeres embarazadas esperan paradas al próximo tren, ya que hay quienes consideran que están muy cansados como para cederle la prioridad que tienen. Se aproxima el tren. Está atestado de gente. Finalmente para en la estación. Las caras desfiguradas de las personas dentro los hacen lucir como zombis. Zombis que no respetan su vida y deciden, a pesar de todo viajar en esas condiciones. Y van transpirando, mojando los más altos a aquellos que se encuentran debajo. La gente empuja para salir. Dos personas en la puerta bloquean la entrada y saquean cuanto bolsillo o cartera tienen a su alcance. Los que quedaban afuera empujan para entrar. “Adentro no se puede respirar” se queja alguien. Quedan varios brazos afuera, pero el guarda toca el silbato y las puertas se cierran bruscamente, terminando de aprisionar a quienes están adentro. Decidí no entrar, no quería convertirme en zombi. La imagen es cada vez más repugnante. Los empleados en la caja están riendo e ignorando a la gente que quiere sacar su boleto. El policía de la estación fuma un cigarrillo al costado de los molinetes. La gente sigue su curso. Decido irme, conocer la ciudad caminando. En la escalera un indigente con la pierna gangrenosa pide monedas para comer mientras toma un vino en cartón. Siento lástima, hasta que me toca el pantalón con su mano para pedirme algo. Y ahí comienzo a mutar. La indiferencia de la ciudad me penetra y siento asco, no quiero que me toque esa peste, quien sabe si me puede contagiar alguna enfermedad. Lo miro y le grito -“No, no tengo nada”. Su olor es nauseabundo, su baño es su propio ser y la misma escalera. Afuera, en la calle, niños en edad escolar revisan tachos de basura para buscar papeles y venderlos. Comen lo que otros han desperdiciado, contaminado por la basura. Deseo abrazarlos y contenerlos, invitarlos a comer. La gente pasa por al lado sin conmoverse, como si no pasara nada. La sociedad los ignora y les vende la idea de que el rico tiene tristeza y ellos dignidad. Uno de ellos saca un queso con moho de la basura. Una hora bajo el sol de Buenos Aires basta para que un lácteo se convierta en no apto para el consumo humano. Le muestra el queso a su compañero y ambos comienzan a quitar el moho y a comerlo. Me revuelven el estómago. Miro hacia otro lado, nauseabundo. Nunca más volví la mirada hacia ellos. Otra vez la necesidad de ignorarlos consume mi ser y me supera. Cruzo la calle para buscar algo de sombra. Un padre borracho golpea a su hijo por no haber conseguido suficiente dinero en la calle. Una mujer embarazada fuma y toma alcohol. En la plaza principal asoma una manifestación de desocupados. Sus caras están tapadas por pañuelos y llevan palos, a veces más grandes que ellos. Rompen las calles y utilizan los escombros como proyectiles contra la policía. Es una pelea de pobres contra pobres. El mediodía llega y las camisas vuelven a salir a la calle. Buscan un lugar con aire acondicionado para almorzar. Pero no se sientan del lado de la ventana. No quieren ver. “me dan asco” pensé. Entré al baño de un bar a refrescarme la cara y refregué fuertemente mis manos, me sentía sucio, entonces ví mi rostro en el espejo. Me asusté y volví a verme las manos, y me toqué la cara. Algo había cambiado, ahora me parecía más a los zombis.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

cada dia me siento un poco mas un zombi.
no!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Tomás en Shorts dijo...

apocalipticoooooooo